
En ocasiones miras hacia el frente y el camino se ve apacible, tranquilo, sin peligros, por lo que continúas sin miedos, con la esperanza de que nada ni nadie te sobresalte... disfrutas de las vistas, miras hacia uno y otro lado recreándote en cada detalle, en cada rincón. Alzas la mirada para ver el cielo y sin tiempo a volver la vista a bajo caes en un abismo donde todo es oscuridad. La serenidad se vuelve nerviosismo, la luz desaparece dejándote en penumbra, los sueños se rompen en añicos, el miedo se apodera de tu mente y caes, continúas cayendo sin saber hasta dónde, sin saber hasta cuándo. Es entonces cuando pierdes toda esperanza, cuando sucumbes y dejas de luchar porque por mucho que busques no encuentras la manera de detener la caída. En ocasiones, quedan fuerzas para un último intento e intentas agarrarte a cualquier saliente... tus dos manos se aferran con ahínco a algo, no sabes durante cuánto tiempo resistirá tu peso, el peso que la vida te ha echado sobre los hombros, pero aún así respiras con cierto alivio. El descenso ha cesado por el momento, tu cuerpo no ha llegado a hacerse polvo, no esta vez... quizá la siguiente.
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