
Abro los ojos y alzo la vista para ver de qué color está el cielo, para comprobar si aún hay claridad o si el día comienza a desaparecer para dar paso a la noche, con sus sombras, con su silencio. Me gusta la noche, la ausencia del bullicio, el cobijo de la oscuridad. Son escasas las miradas que se clavan en mí intentando escudriñar lo que pienso, lo que siento. No quiero que lean en mi mirada el dolor o la tristeza de lo vivido, de lo que se fue y no volverá.
No me escondo de nadie, no me oculto de ti, tan sólo quiero la calma aparente del que no sufre para no ver la lástima en el rostro ajeno. Tan sólo anhelo no ser transparente como el agua que brota de la montaña, busco el disfraz que oculte lo que no quiero mostrarle al mundo y así poder salir a plena luz del día. Así no temer que me hieras, que me golpees donde ya duele, porque cuanto más transparente, cuanto más muestras, más vulnerable.
No me ciega la luz del ocaso, tan sólo me recuerda que hay un nuevo día por delante para sufrir, para sentir, para vivir, para reír y llorar, para respirar y quedarse sin aliento, para compartir... y dejo que los rayos del sol acaricien mi piel, que la brisa helada del invierno la erice, que se clave tu mirada en la mía durante un instante, para luego evitarla. Evitar que tus ojos descubran cómo me siento, evitar que aprendan a leer en mi alma. Pero hay cosas inevitables y no importa si la luz es tenue o si es la oscuridad quien se cierne sobre mí, como tampoco importa si me cambio de disfraz o me desnudo porque no hay manera de ocultar lo que tanto duele, lo que te rasga por dentro duermas o estés despierto. Es inútil querer hundir lo que siempre sale a flote, borrar lo indeleble, conservar lo efímero... para qué negar lo evidente.
No me escondo de nadie, no me oculto de ti, tan sólo quiero la calma aparente del que no sufre para no ver la lástima en el rostro ajeno. Tan sólo anhelo no ser transparente como el agua que brota de la montaña, busco el disfraz que oculte lo que no quiero mostrarle al mundo y así poder salir a plena luz del día. Así no temer que me hieras, que me golpees donde ya duele, porque cuanto más transparente, cuanto más muestras, más vulnerable.
No me ciega la luz del ocaso, tan sólo me recuerda que hay un nuevo día por delante para sufrir, para sentir, para vivir, para reír y llorar, para respirar y quedarse sin aliento, para compartir... y dejo que los rayos del sol acaricien mi piel, que la brisa helada del invierno la erice, que se clave tu mirada en la mía durante un instante, para luego evitarla. Evitar que tus ojos descubran cómo me siento, evitar que aprendan a leer en mi alma. Pero hay cosas inevitables y no importa si la luz es tenue o si es la oscuridad quien se cierne sobre mí, como tampoco importa si me cambio de disfraz o me desnudo porque no hay manera de ocultar lo que tanto duele, lo que te rasga por dentro duermas o estés despierto. Es inútil querer hundir lo que siempre sale a flote, borrar lo indeleble, conservar lo efímero... para qué negar lo evidente.
Me encanta!
ResponderEliminarYo también evito a veces las miradas para que mis ojos no reflejen lo que siente mi alma, pero así poco a poco el pesar se hace más grande hasta el punto de tener miedo a un día no poder controlar el cauce del río y que este se desborde sin control. TQM!