
Cambiamos de año, pero al corazón le duelen las mismas heridas y a la mente la trastornan los mismos pensamientos. Todo cambia y a la vez nada lo hace. Todo permanece igual, especialmente el dolor, tan indeleble e imperturbable como lo fue tiempo atrás. ¿El tiempo? No lo oculta, ni lo hace desaparecer, ni si quiera lo vuelve más llevadero. Tan sólo te ayuda a encontrar las herramientas, para no mostrarlo al mundo. Pero permanece latente, a la espera para resurgir con más fuerza cuanto antes. Para apoderarse de cada rincón de tu cuerpo y alma, de lo que eres y hasta de lo que no. Busca poseerte y reducirte a la nada, le dejarás? o resistirás?
Son tantos los intentos que ya ha llevado a cabo que la sensación de no poder soportar uno más hace mella en ti. Crees que no puedes más y lo peor es que sí puedes. Deseas sucumbir, sumirte en el letargo que te haga insensible, pero no lo consigues. Siempre sientes su punzada afilada, helada, hiriente y sangrante... nunca duele menos, unas veces duele más, otras diferente, pero no da tregua. No calma, perturba...
No queda otra que aprender a seguir, a luchar, a vivir, a caminar por caminar, a dejarse llevar por el tiempo y la vida que no calma ni apacigua la sensación de abismo que nos abriga.
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